26 de octubre de 2010

Daños colaterales


Recuerdo que al hilo de la película sobre la creación de Facebook, aparecieron en su momento algunos artículos que, reflexionando sobre la parte oscura del poder, cuestionaban si es posible tener éxito profesional y subir en el escalafón organizativo sin ser –y me perdonareis la expresión- un poco "cabroncete".
La verdad es que el caso de Facebook no me parece el más adecuado para plantear esa cuestión. En mi opinión se trata de un fenómeno demasiado atípico y excepcional como para servir de referente, porque pocas se consigue un éxito empresarial tan grande en un plazo de tiempo tan corto y a una edad tan temprana. Y cuando eso se da, imagino que asimilar la presión y la exposición mediática que genera ese éxito, forzosamente ha de tener consecuencias a nivel personal difíciles de prever. Pero el tiempo nos dará la distancia adecuada para ver cómo el señor Mark Zuckerberg va desarrollando su trayectoria profesional y qué valores transmite a la sociedad desde su empresa y desde su privilegiada posición de líder en una organización global.
Sin embargo, desde la perspectiva de otras realidades empresariales más cercanas, sí que podemos plantearnos ciertos dilemas en torno a la dinámica del poder y sus posibles daños colaterales. Por ejemplo, ¿hasta qué punto es legítimo aprovechar las oportunidades profesionales cuando éstas se presentan si con ello perjudicamos las expectativas de personas cercanas? o ¿qué mecanismos provocan que la sana ambición de conseguir metas, mute en un afán por lograr objetivos a cualquier precio? o también ¿van el poder y el éxito, en especial a partir de determinados niveles, necesariamente unidos a la falta de escrúpulos?
Por un lado observo que desde algunos sectores se alerta sobre los peligros de un cierto buenismo que impregna a veces la literatura sobre management, en el sentido de que se trabaja sobre escenarios asépticos e ideales alejados de la realidad de muchas empresas y se enseña más sobre lo que debería ser en lugar de sobre lo que realmente es.
Por otro lado, creo que el poder legítimo es algo necesario para alcanzar objetivos y materializar proyectos. Nos permite ejercer influencia, hacer que las cosas pasen. Además, toda organización necesita de cierta estructura jerárquica para tomar decisiones que no siempre es posible alcanzar con el consenso de todos los afectados. Partiendo de la base de que no se puede gustar a todo el mundo, parece inevitable pensar que tarde o temprano esas decisiones causarán disconformidad y malestar en terceros sobre los que no podemos esperar después una crítica ecuánime y objetiva. Pero ¿es que acaso el hecho de que nuestro comportamiento haya tenido consecuencias negativas para alguien invalida la bondad de intenciones si el fin perseguido es legítimo? A pesar de que es muy difícil responder en abstracto, yo creo que no. Lo contrario sería caer en el inmovilismo absoluto, porque pocas decisiones empresariales tienen un efecto neutro. En ese sentido los posibles daños colaterales serían algo inseparable de la propia naturaleza de esas decisiones. Otra cosa es cuando con ellas se entra en conflicto con lealtades personales o amistades que pueden sentirse traicionadas. En ese caso la respuesta solo la encontraremos en la reflexión personal y en las prioridades y escala de valores que tenga cada uno.

9 comentarios:

JLMON dijo...

Hola Astrid
Buena reflexión, pero me temo que no podremos llegar a conclusiones objetivas, de ahí que se hayan inventado cosas como el "mal menor", "daños colaterales", etc.
Desgraciadmente la única excusa para detentar el poder es ejercerlo sobre algo o alguien y eso acaba suponiendo la generación de beneficios y perdidas, sino no tendría sentido el ejercicio del mismo.
Real como la vida misma, pero sigo insistiendo en que las organizaciones no son instituciones beneficas aunque si deben aspirar a ser beneficiosas.
Cuidate

Astrid Moix dijo...

Completamente de acuerdo, Jose Luis. Y te tomo prestada tu última frase sobre empresas benéficas vs. beneficiosas. Por cierto, que hoy hay en el Economist un interesante artículo sobre RSC en paises pobres. Te adjunto el link http://econ.st/9Uv1iV
Un saludo

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Hola Astrid:
Me ha gustado mucho tu reflexión. Seguramente porque mi experiencia profesional tiene algo que ver con lo que comentas. Especialmente con las personas que no saben distinguir la personal de lo profesional.
Gran entrada, sí señor.
Un abrazo.

JLMON dijo...

Gracias Astrid me lo miro

Astrid dijo...

@Javier,
Efectivamente, mezclar relaciones personales y profesionales no es fácil. Suele traer mal rollo.
Un abrazo,

Fernando López Fernández dijo...

Hola Astrid:

me gusta lo que comentas de que se enseña más sobre lo que debería ser de sobre como realmente es. Cuando se ejerce poder como apuntais José luis y tú hay beneficios o pérdidas, no es neutro el resultado. Unas veces, a pesar de las buenas intenciones, te equivocas, otras no, pero en cualquier caso lo que si parece claro es que cuando le afecta a alguien negativamente la decisión no se analizan las cosas "objetivamente" sino emocionalmente .

Y ahí, como dices, entran los valores personales para saber cuando el daño que se puede hacer es consecuencia de una pérdida de buenos valores o cuando, a pesar del daño, era necesario tomar algunas decisiones.
Un saludo

Astrid dijo...

Hola Fernando,
Que el perjudicado sea subjetivo en su valoración, me parece lógico y hasta razonable. Lo que ya no lo es tanto es la envidia, que es otro elemento que no menciono en la entrada, pero que también está ahí.
Un saludo,

Josep Julián dijo...

Hola Astrid:
La reflexión sobre daños colaterales me ha llevado a esa famosa frase que dicen los gangsters antes de cargarse a un colega: "no es nada personal, son sólo negocios".
El ejercicio del poder, por legítimo que sea, necesariamente genera consecuencias no deseadas pero que deben ser asumidas. El buenismo que mencionas sólo es equiparable a las comedias amables en las que todo parece ser de color de rosa.
No soy consciente de haber tomado una sola decisión empresarial que haya levantado unanimidad en mi entorno ni tampoco la esperaba. La unanimidad me parece pueril y en ese sentido hemos de ser conscientes de que en la medida que no se comparten las decisiones generan incomodidad o incomprensión, no necesariamente daños y si aún así se producen, poco se puede hacer.
Una cosa es el respeto que todos nos debemos y otra que nadie salga magullado.
Un abrazo.

Astrid dijo...

Josep,
creo que parte de la incomprensión está relacionada con la inseguridad que produce saber que alguien ha llegado (a donde sea) y nosotros no. ¿Es más buen@ que yo? ¿Habrá tenido más suerte? ¿o simplemente maneja mejor la política de pasillos? El origen de la magulladura está a veces en nosotros, no en la acción del otro.
Gracias por tu aportación que, como siempre, enriquece la entrada.