viernes, 30 de enero de 2015

El verdadero sentido de la competencia intercultural







La fuerza de la cultura es como la de la gravedad, que no la percibimos hasta que nos dejamos caer. Está ahí y nos rodea permanentemente, aunque no reparemos en ella. Es como el aire que respiramos. Es el contexto en el que las cosas pasan de la forma que esperamos y reconocemos y fuera del cual nos sentimos desconcertados, molestos y a veces también amenazados.

Las diferencias culturales se manifiestan de muchas formas. Algunas de ellas son bastante evidentes y las podemos percibir externamente con tan solo abandonar el territorio en el que habitualmente nos movemos. El idioma, la forma de vestir o de saludar, los hábitos alimentarios o incluso los símbolos de estatus social, entrarían en esta categoría. Pero hay otras manifestaciones culturales que no son tan notorias a simple vista y cuyo significado solo puede conocerse desde dentro. Son los motivos que subyacen a las formas de actuar, los porqués que están detrás del cómo. Son los valores que determinan el status quo en su zona de influencia, que hace que se prefieran ciertos estados de las cosas a otros. La percepción del tiempo, la manifestación de las emociones, la comunicación no verbal, el sentido del humor, las estructuras sociales o el concepto de lo que es moral o éticamente aceptable, son algunos de los aspectos en los que la fuerza invisible de la cultura ejerce su influencia más poderosa. 

Pero hay muchas otras cosas, algunas de ellas relativamente pequeñas, otras más importantes, en las que las personas diferimos –y mucho- por motivos culturales. Lo que consideramos cortés o descortés, respetuoso u ofensivo, lo que nos avergüenza o nos hace sentir orgullosos, el sentido común, los conceptos de pudor, belleza o fealdad, el significado e importancia del destino, el valor de la autoridad o de las jerarquías … en fin, la lista es infinita. Conocer con detalle y profundidad todas las diferencias entre culturas es una tarea imposible e inútil. Pero lo que sí es posible es desarrollar sensibilidad para reconocerlas, apreciarlas y valorarlas en su justa medida. Algunos poseen esa capacidad de forma natural, a veces por tener una personalidad más empática, a veces también porque sus circunstancias personales les han permitido un mayor contacto con personas de otras culturas. Para otros en cambio, el interés surge como respuesta a una experiencia desagradable o conflictiva en el extranjero o en el lugar de trabajo.

Mejorar la competencia intercultural beneficia siempre porque nos ayuda a conocernos mejor como personas y como sociedad. Pero también porque es una herramienta extraordinariamente útil para entender la complejidad del mundo actual. Solo se necesita dar un repaso a la prensa diaria, con la lista interminable de conflictos religiosos, étnicos y nacionales que recoge, para entender a qué me refiero.  Gestionar lo diferente requiere mucho más esfuerzo que lo homogéneo, a nivel global y también en el mundo de la empresa, en dónde - afortunadamente- los problemas tienen una magnitud menos dramática.  Pero en ambos casos se requiere una voluntad firme de identificar y rechazar estereotipos. Y un proceso reflexivo para aceptar que hay otras formas de pensar, decidir y actuar distintas de las nuestras.  No es un camino fácil, porque en ocasiones tiene mucho que ver con temas profundos relacionados con la propia identidad y lo que esperamos de nuestro trabajo, de nuestras relaciones, incluso de nuestras vidas. Pero hoy día, la única opción es entender y aprender a manejarse en la confusión que produce esa realidad diversa, tanto social como organizativa. Ese es para mi el verdadero sentido de eso que llamamos competencia intercultural y en último extremo, la razón de ser de mi trabajo como formadora.