Tomar decisiones es un proceso cotidiano y universal. Cualquier acción
humana que vaya más allá del ámbito de la intuición y el instinto, lleva
inherente un ejercicio de valoración y descarte de alternativas que desemboca
en una decisión. A nivel particular, los seres humanos estamos continuamente
confrontados con situaciones en las que tenemos que elegir entre dos o más
opciones y aunque los motivos que las justifican son siempre subjetivos,
solemos seleccionar la alternativa que en ese momento más valor nos aporte y
que más posibilidades de éxito tenga. En ese sentido, incluso una decisión
realmente simple como puede ser la de leer esta entrada en mi blog, habrá sido
tomada seguramente en función del posible interés o curiosidad del lector sobre
su contenido y del tiempo disponible para ello.
A pesar de eso, desde un punto de vista internacional, conviene tener presente la influencia que los factores culturales tienen en el proceso mental de toma de decisiones y sus efectos en la dinámica organizativa de las empresas. En ese sentido, destacaría un elemento que tiene que ver con el grado en que una determinada cultura promueve la propia experiencia como estrategia de resolución de problemas, por la importancia que tiene en el tiempo de maduración de una decisión.
Hay áreas geográficas (países anglosajones, escandinavos y germánicos, principalmente) en donde se incentivan los logros individuales frente a los del propio grupo social y la independencia y la confianza en uno mismo se consideran atributos que deben ser promovidos y apoyados desde la infancia. En esos entornos, las personas aprenden a tomar decisiones de importancia progresiva desde una edad muy temprana y asumen las consecuencias de sus actos como parte del proceso de madurez y crecimiento personal. Al llegar a la edad adulta se tiene ya la experiencia suficiente como para exponerse sin miedo a decisiones más complejas, y eso se ve reflejado también en la vida de las organizaciones, porque el proceso de toma de decisiones empresariales es más rápido y también más agresivo en la asunción de riesgos.
En el resto del mundo, por el contrario, las personas están más vinculadas a estructuras grupales de las que dependen fuertemente (familia, territorio, amigos o clase social, según las zonas) y el sistema de valores promueve una mayor obediencia y adecuación a las normas de la propia comunidad o grupo de pertenencia. Cuando la situación demanda una decisión, la persona tiene un modelo a seguir en su entorno más próximo -que suele ser la familia - que aconseja o que incluso toma la decisión por ella. De esta forma, en el momento en que uno se enfrenta al mundo laboral, la exposición al riesgo que supone tomar decisiones ha sido menor y se es mucho más lento y cauteloso a la hora de decidir.
Ese es uno de los motivos –que no el único- por los que percibimos ritmos distintos de avance en los procesos negociadores entre empresas de uno u otro entorno, o cuando se trata de llevar adelante un proyecto conjunto de cierta complejidad.