Oscar Wilde dijo que la ambición es el último refugio de todo fracaso. Personalmente no puedo estar más en desacuerdo con esa afirmación, porque creo que la ambición es precisamente el punto de partida para alcanzar el éxito, tanto en lo personal como en lo profesional. Porque ¿acaso no es ambición la energía que nos mueve a superar obstáculos, a avanzar y a cambiar las cosas? ¿No es también la ambición lo que nos hace pensar a lo grande, tomar un rumbo y ser consecuente con él, fijarnos metas y arriesgar para conseguirlas? Sin ambición no tendríamos líderes, ni descubridores, ni tampoco premios Nobel o campeones deportivos que premiar. Premiamos y honramos a esas personas por haber puesto empeño y dedicación en alcanzar metas y records imposibles y los tomamos como ejemplo y referente a imitar.
Pero a pesar de eso la palabra ambición siempre ha tenido una cierta mala fama, un punto de desproporción y agresividad. El Diccionario de Real Academia la define como el deseo ardiente de conseguir poder, riquezas, dignidades o fama y parece como si en ello estuviera siempre implícito un interés egoísta de alcanzar objetivos a cualquier precio. Pero afortunadamente no siempre es así, porque tanto el poder, como la riqueza e incluso las dignidades y la fama, cuando están bien utilizadas y basadas en principios éticos, pueden servir para obtener fines nobles y altruistas y cambiar o ayudar a cambiar situaciones injustas.
La ambición es también un estímulo para la innovación y el progreso empresarial. El espíritu emprendedor requiere de esa energía para transformar las ideas en realidades. Por supuesto que la ambición por si misma no garantiza el éxito, en ninguna de sus facetas. Además habrá que añadirle el trabajo constante y la preparación personal y considerar asimismo muchos otros factores externos que influyen siempre en el resultado final de nuestras tareas y objetivos. La ambición no lo es todo, es verdad, pero puede ser la diferencia entre excelencia y mediocridad. A grandes metas, grandes ambiciones.
