
La fuerza de la cultura es como la de la gravedad, que no la percibimos hasta que nos dejamos caer. Está ahí y nos rodea permanentemente, aunque no reparemos en ella. Es como el aire que respiramos. Es el contexto en el que las cosas pasan de la forma que esperamos y reconocemos y fuera del cual nos sentimos desorientados, confusos, molestos y a veces también amenazados.
Las diferencias culturales se manifiestan de muchas formas. Algunas de ellas son bastante evidentes y las podemos percibir externamente con tan solo abandonar el territorio en el que habitualmente nos movemos. El idioma, la forma de vestir o de saludar, los hábitos alimentarios o incluso los símbolos de estatus social, entrarían en esta categoría. Pero hay otras manifestaciones culturales que no son tan notorias a simple vista y cuyo significado solo puede conocerse desde dentro. Son los motivos que subyacen a las formas de actuar, los porqués que están detrás del cómo. Son los valores que determinan el “status quo” en su zona de influencia, que hace que se prefieran ciertos estados de las cosas a otros. Estos valores solo pueden ser reconocidos e interpretados correctamente por los miembros del grupo que los comparten, no tienen carga valorativa, es decir no son ni malos ni buenos, y son inconscientes. La percepción del tiempo, la manifestación de las emociones, la comunicación no verbal, el sentido del humor, las estructuras sociales o el concepto de lo que es moral o éticamente aceptable, son algunos de los aspectos más importantes en los que la fuerza invisible de la cultura ejerce su influencia más poderosa.
Pero hay muchas otras cosas, algunas de ellas relativamente pequeñas, otras más importantes, en las que las personas diferimos –y mucho- por motivos culturales. Lo que consideramos cortés o descortés, respetuoso o irrespetuoso, lo que puede ser embarazoso, lo que nos avergüenza o nos hace sentir orgullosos, el sentido común, los conceptos de pudor, belleza o fealdad, el significado e importancia del destino o de las jerarquías … en fin, la lista es infinita. Conocer la amplitud y profundidad de todas las diferencias culturales es una tarea imposible e inútil. Pero lo que sí es posible es desarrollar sensibilidad para intuirlas. Y también para apreciarlas y valorarlas. Algunas personas poseen esa capacidad de forma natural, a veces porque son más empáticas, a veces porque sus circunstancias personales les han permitido un mayor contacto con personas de otras culturas. Para otras en cambio, el interés surge como respuesta a una experiencia desagradable o conflictiva en el extranjero. Pero mejorar la competencia intercultural beneficia siempre, porque el proceso de reflexión que acompaña en ese camino ayuda a conocernos mejor y facilita la comunicación y porque es una herramienta extraordinariamente útil para entender la complejidad del mundo actual. Y también la de nuestro entorno más cercano, que es cada día más diverso.
8 comentarios:
Que bien les haría a algunos "ultras" de salón leer tu post. En fin, como decía Baroja, estas cosas se arreglan viajando.
Cuidate
Gracias José Luis.
Baroja tenía razón, viajar ayuda (que te voy a contar a ti, no?), pero hay que hacerlo con los ojos, la mente y el corazón abiertos y aprender a ponerse en el lugar del otro.
Gracias por pasar.
Hola Astrid,
La verdad que las diferencias interculturales son y existirán siempre (además, a mí personalmente me encanta que las haya). Lo que no debe de exitir es la mirada extraña, inoportuna, crítica sin sentido, antipática, etc....hacia otras culturas distintas, que muchas veces ocurre por nuestra propia incomprensión.
Manuel, tienes toda la razón; por eso es tan importante la pedagogía. Y en eso estamos ...
Saludos,
Creo que el enfoque de tu entrada podría ser útil que se publicara en un mural. Unis dirían es evidente, otros no me afecta pero la mayoría aplaudiría.
No sé por qué es tan difícil de comprender que lo que a unos gusta a otros ofende y que todos están en su derecho. No quiero una sociedad uniformizada ¿qué ganaríamos con ello?
Un abrazo.
Hola Josep,
Sí, a algunos parece que les sea difícil entender lo evidente, pero muchas veces es por falta de conocimiento. Todos tenemos una tendencia natural a quedarnos en nuestra zona de confort y lo desconocido puede parecer una amenaza. De ahí la utilidad de la formación, tal como le decía a Manuel. Con educación se pueden vencer los mayores estereotipos.
Un abrazo,
Hola, Astrid:
creo que en la frase que a Josep le has respondido puede estar la clave: lo desconocido puede parecer una amenaza. Nuestro entorno, nuestras costumbres, nuestra filosofía de vida se ve de pronto abordada por intrusismos extraños de comportamiento y tendencias... lo que nos hace parecer aldeanos de boina.
Me gusta tu pedagogía.
Un abrazo.
Buenos días Germán,
Me hace gracia esto de "aldeanos de boina". Bueno, no creas, algunos van de "masters del universo" y tienen el portafolios lleno de prejuicios. Que de todo hay en la viña del Señor.
Un abrazo,
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